Saltar al contenido

El Extremeño se Respira, No Solo se Habla: Una Defensa del «Saber de Oreja» y Nuestros Dagales

enero 15, 2026
El Extremeño se Respira, No Solo se Habla: Una Defensa del "Saber de Oreja" y Nuestros Dagales
<

El Extremeño se Respira; No Solo se Habla: Una Defensa del «Saber de Oreja» y Nuestros Dagales

¿Es el extremeño un castellano mal hablado o un tesoro cultural? El Tío Celipe rompe el silencio en Semus Estremeñu: descubra por qué nuestra habla «se respira», el significado profundo de ser un zangaliporrón y por qué el castellano es, al fin y al cabo, un latín mal hablado que evolucionó en el pueblo.

La hora en ESTREMEÑU en punto y cuarto y media menos cuarto y ná y pico menos ná menos algo pa menos cuarto pa y media y media pasá y poco

El Extremeño se Respira; No Solo se Habla: Una Defensa del «Saber de Oreja» y Nuestros Dagales

En esto del extremeño pasa como con casi todo en la vida: unos dicen que sí, otros dicen que no, y uno se queda en medio como la Parrula, mirando para un lado y para otro sin saber a qué carta quedarse. A menudo escuchamos esa vieja cantinela de que lo nuestro es simplemente «un castellano mal hablado», una versión rústica que deberíamos corregir. Pero, si me permiten que les diga una cosa —y si lo sabré yo, que llevo años escuchando el viento correr por la dehesa—, hay que mirar un poco más atrás para entender la verdad del asunto.

Si nos ponemos finos y sacamos los libros de historia, el propio castellano no es otra cosa que un latín mal hablado. Y ahí lo tiene usted. Las lenguas no salen de las universidades ni de los libros de texto impolutos, ni las inventan los señores con corbata en despachos cerrados; salen del pueblo llano, de la necesidad de pedir pan, de enamorar a la moza o de insultar al vecino cuando te roba las lindes. Es la gente de a pie la que cocina las palabras a fuego lento, la que hace las lenguas. Y al César lo que es del César: el extremeño tiene tanta dignidad como cualquier otra habla, porque nació de la misma necesidad humana de entenderse y de nombrar el mundo que nos rodea.

El Origen: Lo que nos entra «Por la Oreja» y la Universidad de la Vida

Ahora se habla mucho del legado de los sefarditas, y ¡coño!, está muy bien reconocer las raíces. Pero, ¿dónde queda el extremeño en toda esta historia? Pues nació en esa misma convivencia, en el caldo de cultivo de los siglos, cuando cada uno hablaba con el vecino como Dios le daba a entender. No había diccionarios ni normas escritas en piedra, solo la voluntad de comunicarse.

La clave de nuestra identidad lingüística no está en la gramática académica, sino en la transmisión auditiva pura. El castellano, el leonés, el asturiano, el gallego… toditos salieron de lo que nos entraba por el oído, de las historias contadas al calor de la lumbre. Y aquí está el quid de la cuestión: los extremeños tenemos a gala decir lo que nos entra por la oreja. No filtramos el lenguaje para hacerlo más «fino»; lo soltamos tal cual lo aprendimos, manteniendo viva la cadena de transmisión de nuestros abuelos.

No hay que darle más vueltas. Esa naturalidad, esa ausencia de artificio, es la esencia de nuestra habla. En pueblos como Gata te dirán que no usan «chiquinino», y tienen razón, porque cada pueblo es un mundo y cada valle tiene su acento, pero el mecanismo es el mismo: repetir lo que escuchamos en casa, jugando con los dagales, sin filtros y con toda la verdad por delante.

Un Diccionario de la Vida: De Calandrajas a Zangaliporrones

El extremeño es un idioma rico en matices psicológicos que el castellano estándar a veces no logra capturar con tanta precisión. No se trata solo de palabras sueltas, se trata de definir tipos de personas, caracteres y comportamientos con una precisión quirúrgica que ya quisieran muchos psicólogos.

  • El Calandrajas: Yo no sé si la RAE sabrá definirlo, ni falta que hace, pero en mi pueblo, cuando señalábamos a alguien y decíamos «ese es un calandrajas», todo el mundo sabía exactamente de qué pie cojeaba. Hablamos de ese tipo desaliñado, un poco desastre, al que la ropa le cae mal y la vida le pesa un poco, pero que en el fondo es inofensivo. Es una palabra que dibuja una imagen completa con solo pronunciarla.
  • El Sajino y el Dagal: Por lo fino, un dagal podía ser un sajino o buena gente. Pero cuidado, que en la vida real las apariencias engañan. Tan buena gente podía ser el sajino —con su carácter un poco más reservado o arisco— como mala gente el que parecía un santo de altar. Los dagales aprendemos rápido a esconder lo que nos interesa; es instinto de supervivencia en el pueblo. Todos somos iguales de niños, pero luego cada uno muestra la hilacha a su manera.
  • Ir de frente y por derecho: Esta es la mayor virtud en nuestra tierra. En esta vida hay que ir de cara, con la verdad por delante, porque lo contrario es, con perdón, esconder las cascarrias. Y si usted no sabe lo que son las cascarrias, difícilmente se lo podré definir con elegancia de salón, pero digamos que si uno tiene cascarrias, es que el aseo personal en la zona trasera no ha sido muy exhaustivo. Metafóricamente, es aquel que esconde su propia suciedad moral mientras intenta aparentar limpieza.

Otra palabra que destacar

Y luego están esas palabras sonoras, casi mágicas, que llenan la boca al decirlas, como zangaliporrón. «Es usted un zangali-porrón». Tócate la breva. A ver quién traduce eso a un idioma extranjero. Mi suegra, que en paz descanse (natural de Estornino, o «Ehtornino» como nos entra por la oreja y se nos queda pegado), me lo llamaba cuando se enfadaba conmigo. Muy bueno no tenía que ser el apelativo, pero ¡qué fuerza tiene la palabra! Describe a ese grandullón, quizás un poco torpe o dejado, que va por la vida ocupando espacio sin mucha gracia.

El Extremeño en las Américas y la Identidad Respirada

Hay una verdad que a veces olvidamos y que debería llenarnos de orgullo: se habla más extremeño en las Américas que aquí mismo. Lo he escuchado yo en un vidrio, en esas cosas modernas de internet. Hombres y mujeres como Marcos Vea o Pablo Pérez —aquel tío con dos fanáticos (o fanegas de valor) que dio toda su fortuna para los «probi»— llevaron nuestra forma de hablar al otro lado del charco. Aquellos emigrantes no solo llevaron sus maletas, llevaron sus palabras, sus «asinas» y sus «coño», y las plantaron allí para siempre. Y eso hay que respetarlo como parte de nuestra historia universal.

Pero lo más bonito que tenemos los extremeños, cago en diez, es una diferencia fundamental que va más allá del vocabulario: lo que nosotros hablamos no es hablado, es respirado.

El extremeño sale de las entrañas. Cuando dices «mi chiquinino» o «mi dagalino», no estás solo emitiendo sonidos fonéticos; estás soltando aire desde el pecho, cargado de cariño, con una musicalidad que da gusto oír y que arrulla al alma. Es una lengua afectiva, táctil. Decir «vidrio» en lugar de «cristal» no es ignorancia ni falta de escuela, es fidelidad a lo que hemos escuchado siempre, a lo que nos es natural. Preferimos meter la pata siendo auténticos que escondernos detrás de palabras finas que no sentimos nuestras y que nos suenan a postizo.

Reflexión Final: Defender lo Nuestro sin Rascarse los Calzones

A mis más de 80 años, no hago esto por levantar trincheras ni por pelearme con los académicos. Defender cosas a estas alturas con enfado es como el que tiene tos y se rasca los calzones: un esfuerzo inútil que no alivia el picor ni cura la tos. Pero sí me sirve para divertirme, para contar mis verdades y para recordar quiénes somos.

El habla extremeña se está perdiendo, se nos escurre entre los dedos con la modernidad, y eso es una pena negra. No porque sea mejor ni peor que otras lenguas, sino porque es nuestra verdad, nuestro código secreto. Así que, antes de que venga la Vicenta y nos estropee el vidrio con las prisas de la cena, les digo una cosa muy seria: dagalitos y dagalitas, no tengan miedo de hablar como les enseñaron sus abuelos. Que el día sea feliz para todo el mundo, y que nunca nos falte el orgullo de decir las cosas tal y como nos entran por la oreja, sin vergüenza y con el corazón en la boca.

El Extremeño se Respira; No Solo se Habla: Una Defensa del «Saber de Oreja» y Nuestros Dagales